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¿CÓMO AFECTAN LOS DESPLAZAMIENTOS LABORALES DE LOS PADRES A LA SALUD MENTAL DE LOS MENORES?

¿CÓMO AFECTAN LOS DESPLAZAMIENTOS LABORALES DE LOS PADRES A LA SALUD MENTAL DE LOS MENORES?

Tras la segunda guerra mundial, John Bowlby desarrolló para la OMS varios estudios sobre las consecuencias de la orfandad en el desarrollo de los niños, debido a la gran cantidad de fallecimientos de padres en conflictos bélicos. Aquellos estudios propiciarían el inicio de la investigación sobre los vínculos afectivos entre cuidadores y niños. Posteriormente, el autor estructuró el fruto de sus investigaciones y desarrolló su Teoría del Apego.

Desde sus inicios, la Teoría del Apego ha ido sumando más investigación a su corpus de conocimiento, siendo hoy en día uno de los pilares básicos tanto en la psicología del desarrollo como en terapia familiar y psicoterapia psicodinámica, entre otras perspectivas del ámbito psicológico.

La teoría del apego ha ayudado a comprender los mecanismos mediante los cuales los vínculos afectivos en la infancia están asociados al desarrollo psicológico del menor y, por lo tanto, a la salud mental de los adultos que algún día llegarán a ser.

¿QUÉ ESTABLECE LA TEORÍA DEL APEGO?

La teoría del apego establece que los seres humanos, desde el nacimiento, tenemos una tendencia innata a crear lazos afectivos fuertes con nuestros progenitores o cuidadores. Estos lazos transmiten protección y seguridad al menor, lo que aumenta su capacidad de supervivencia. Por lo tanto, el apego es fundamentalmente un mecanismo adaptativo.

Ilustrado llanamente, cuando un menor se siente en peligro, corre en busca de los brazos de su cuidador para que éste le proteja de la situación temida. 

Sin embargo, las relaciones de apego no cumplen solamente una función de seguridad. Proporcionan también al menor un medio a través del cual comprender sus propios estados mentales y también los estados mentales de los demás.  

Los progenitores (o en su ausencia, los cuidadores de referencia) son el espejo a través del cual el menor se ve reflejado. Un espejo donde entender sus propias emociones, sus pensamientos, sus necesidades y sus deseos. En ese espejo, el menor comprenderá quién es y qué necesita. También en ese espejo comprenderá quiénes son los otros, cómo sienten, cómo piensan y qué desean, lo cual le ayudará a vertebrar sus relaciones sociales.

El apego genera estructuras psicológicas profundas y fundamentales para el desarrollo del niño, porque le proporciona guías de conducta, de procesamiento emocional, de afrontamiento situacional y de entendimiento experiencial, todo lo cual conformará a la postre la personalidad del menor. Dicha personalidad se comportará como un sistema inmunitario que le defenderá, con mayor o menor éxito, de las psicopatologías que nos acechan a todos debido al estrés vital que sufrimos con frecuencia. Cuanto más disfuncional resulte la personalidad, debido a un estilo de apego inadecuado, tanto más vulnerable será la persona a los trastornos mentales. De ahí la importancia de recibir un apego seguro en la infancia.

En definitiva, no podemos reducir la necesaria cercanía de los padres únicamente a una cuestión de seguridad física, sino que debemos comprender lo que su presencia, afectividad y disponibilidad supone para el menor en materia de seguridad psicológica tanto presente como futura.

¿QUÉ ES LA MENTALIZACIÓN?

Las relaciones de apego son el medio a través del cuál el cuidador enseña al menor a comprender sus emociones y pensamientos, y cómo éstos inciden en su conducta y en sus relaciones con los demás. El niño lo aprende mediante el feedback que la relación de apego le ofrece y las guías de resiliencia que dicho vínculo afectivo pone a su disposición. Este proceso en psicología psicodinámica se ha denominado “mentalización”. 

Imaginemos a un niño de dos años que se cae y se hace daño. Este niño, al ver la sangre en su rodilla, se asusta y llora. Entonces busca en su cuidador el consuelo y la protección para solucionar esta situación que le atemoriza. La respuesta de tranquilidad, cuidado y cariño que el progenitor le ofrece ayuda al niño a regularse emocionalmente (a tranquilizarse) y a entender que no hay peligro. En caso de que no haya cerca un cuidador emocionalmente disponible a través de cuya mente el niño pueda aprender a interiorizar la manera adecuada de gestionar la situación, el menor se verá solo y correrá el riesgo de generar y perpetuar estrategias disfuncionales de afrontamiento.

La mentalización que los menores aprenden a través sus cuidadores les ayudará de adultos a gestionar y regular sus propias emociones, a adecuar su comportamiento al entorno y también les permitirá tener relaciones sociales sanas con los demás.

¿QUÉ OCURRE CUANDO FALLA LA MENTALIZACIÓN?

El proceso de mentalización puede fallar por varios factores. Uno de ellos es la falta de mentalización de los propios cuidadores. Alguien que no comprende sus propios estados mentales, o que no comprende los estados mentales de los demás, difícilmente va a poder ayudar a otra persona a comprenderse a sí misma.

Otro factor puede ser la falta de disponibilidad de los padres o cuidadores. Muchas veces los padres vienen cansados del trabajo, se encuentran enfermos o están fuera por cuestiones laborales y, en esas circunstancias, es difícil que uno esté disponible emocionalmente para hacer de espejo de otro. Cuando no hay un espejo donde reflejarse, se incrementan los problemas para conocerse y, por tanto, para regularse. 

Si el menor no desarrolla la capacidad de mentalización en la edad temprana, aparecen con mayor probabilidad los trastornos psicopatológicos; en otras palabras, si a la persona no ha sido mentalizada adecuadamente durante su infancia, será vulnerable a padecer alguna psicopatología en la edad adulta debido a su precaria capacidad de mentalización.

Desde esta perspectiva, los trastornos mentales están conceptualizados como fallos en el proceso de mentalización. Cuando la mentalización falla, nuestra mente comete errores en las interpretaciones que realiza tanto de nuestra conducta como del comportamiento de los demás, debido a que la conducta observable está en función de fenómenos mentales no observables (pensamientos, emociones, creencias, intenciones…), fenómenos de los cuales muchas veces no somos conscientes, pero que una mente bien mentalizada es capaz de descifrar, si no de forma perfecta, al menos sí de manera suficiente para orientarse adecuadamente en cada situación.

Por todo lo explicado, es conveniente que ambos progenitores estén presentes en la vida de los menores de forma constante y favorecer en la medida de lo posible la conciliación familiar a las personas con hijos para beneficio de los menores, para promover de forma constante el desarrollo de la mentalización a través de los lazos afectivos que proporcionan los vínculos de apego. De esta manera, cuando uno de los cuidadores no está disponible, ya sea por cansancio, emoción intensa o enfermedad, el otro puede tomar el relevo y ayudar al menor a gestionar sus estados mentales. Sin embargo, la deslocalización laboral dificulta o imposibilita esta cobertura que tanto el niño necesita.

Cuando, además, el menor tiene problemas evolutivos o psicopatologías del desarrollo, como sería el caso de un trastorno del espectro autista, un trastorno de déficit de atención e hiperactividad o un trastorno negativista desafiante, la situación empeora y se vuelve crítica, porque estos niños necesitan de todos los recursos sociales posibles para ayudar en su mentalización, la cual por la propia psicopatología tiende a ser más precaria. 

En consecuencia, es importante que los niños con algún tipo de condición mental se desarrollen en un entorno donde se prioricen todos los recursos psicológicos posibles que puedan ayudar a un mejor desarrollo. Huelga decir que los padres constituyen el mejor recurso psicológico del menor y, por lo tanto, su disponibilidad y presencia resultan en estos casos especiales todavía más imprescindibles.

CONCLUSIONES

Las relaciones de apego seguro en la infancia o, dicho de otra manera, la buena calidad y la constancia del vínculo afectivo que los padres generan y sostienen con sus hijos, constituyen un factor protector de la salud mental de los menores, por cuanto que les enseña a comprender y gestionar su propia mente, y ayudan en la formación de una personalidad regulada que los menores esgrimirán ante el mundo a medida que se vayan haciendo adultos. 

Por lo tanto, la continuidad de presencia y disponibilidad de los padres durante el desarrollo de los menores es un factor fundamental para asegurar su bienestar y seguridad psicológicas. 

Esta presencia parental es aún más importante, si cabe, en infantes que posean algún tipo de condición mental que dificulte el desarrollo de su proceso mentalizador y de su personalidad, por cuanto que estos niños necesitan de mayores recursos psicosociales externos a ellos mismos, siendo los padres el mejor recurso que se les puede ofrecer. 

Los desplazamientos laborales de los padres, por lo tanto, que generan situaciones de crianza y educación a distancia, constituyen un factor de desestabilización psicológica el cual pone muy seriamente en riesgo la salud mental de toda la familia y, particularmente, la de los más vulnerables, que suelen ser los más pequeños.

Lorena Fernández Rodríguez

Vicente Bay Alarcón

PSICOLOGÍA BAY http://psicologiabay.com

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